COMO A CHINOS

Entre nuestras locuciones tradicionales ha habido siempre una rara fijación por referirnos jocosamente a la civilización china debida, probablemente, a la costumbre de considerarlos un pueblo lejano, ingenuo y, sobre todo, poco espabilado. Últimamente, tal y como van las cosas, igual deberíamos plantearnos si no habría que darles la vuelta a tan chinescas expresiones.
Pongamos, por ejemplo, “engañar como a un chino” y reflexionemos. Hoy en día, posiblemente, sea el dependiente asiático del bazar del barrio quien, tras vendernos un cuchillo que no corta, un pegamento que no pega o un destornillador que se parte, piense: “otro engañado como a un occidental”.
¿Por qué seguimos diciendo “jugársela a los chinos” cuando son los chinos quienes nos la están jugando a nosotros?
Y es que, cada día, más empresas deciden instalarse en Asia antes que en la, otrora, próspera Europa. Miren las etiquetas de su ropa. Puede que las marcas sean españolas pero, seguramente, en la mayoría encontrarán un “made in” Taiwán, China, India…
Esa manía por emplear a chinos, que tantos puestos de trabajo está eliminando de la, anteriormente, boyante Europa, podría tener varias causas: que los empleados orientales son más simpáticos, se ríen mucho y trabajan de mejor humor; o que, al ser más pequeños, sus uniformes son más baratos. La razón es bastante más simple: trabajan más por menos dinero o, lo que es igual, son fácilmente explotables y, todavía, no aspiran a tener muchos derechos. No exigen vacaciones ni protestan por trabajar once horas seis días a la semana. Y, sobre todo, sus sueldos son irrisorios en comparación con lo que tendrían que pagar en la, antiguamente, reivindicativa Europa. Por eso, en esta aldea en la que Internet y los transportes han convertido el mundo ¿quién va a montar una empresa aquí si a miles de kilómetros le sale infinitamente más barata?
En vista de todo esto, ahora nosotros nos estamos volviendo chinos. Sí. Con el fantasma del paro llamando a tantas puertas, estamos rebajando las exigencias laborales, cobramos menos, trabajamos más horas y no rechistamos con tal de tener un empleo.
Mírense al espejo. Por cada contrato basura que firmamos se nos rasgan un poco los ojos. Por cada hora extra sin pagar, amarilleamos un poco. Si consentimos el despido libre, nunca más comeremos jamón, sólo arroz tres delicias… Resumiendo: los chinos se hacen ricos y los europeos terminaremos trabajando como chinos. Eso, si trabajamos, claro está.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 13 de noviembre de 2011) ANA ZAFRA
