21 Mayo 2012

Fui la pequeña de tres hermanos creciendo con un sueldo único y escueto. Hija de padres a los que una salvaje guerra privó del colegio y que conocieron el esfuerzo de quedarse, al amor del brasero, estudiando cada noche. Presentían que nuestra vida podía ser mejor que la suya. Quizás por eso nos hicieron amar tanto la escuela. Aquella escuela pública de mi barrio donde mis maestros tan bien sabían combinar cariños y castigos. Éramos muchos en clase pero entonces el mundo no era, aún, tan competitivo. Ni trituraba a los mediocres, ni exigía saber cinco idiomas y tres masters para trabajar de cualquier cosa. Aprendí a luchar y a creer que cualquiera, si quería, podía. Y lloré cuando terminé la escuela, el instituto y la universidad porque intuía que llegaba la vida y ya, en ningún lugar, volvería a ser tan feliz.
Ahora soy madre. Tengo dos hijos a los que simulo ilusionar con un futuro en el que cada día me cuesta más creer. Cada mañana los llevo al instituto público de mi barrio, donde unos profesionales, ilusionados a pesar de todo, les hablan de montañas y guerras, de células y funciones matemáticas que tienden al infinito. Un infinito tan difuso como las probabilidades de que su vida pueda ser mejor que la mía. No importa. “Aprende, hijo, escucha al profesor que siempre sabe hablarte entre líneas. Aprovecha el momento y disfruta ahora del camino. Igual cuando, en el futuro, llegues a Ítaca no sea lo que esperabas”.
Seré una anciana, enferma quizás, a quien habrán privado de remedio. Ese remedio que alguno de los estudiantes que los recortes en Educación dejará atrás podría haber inventado para mí. O acaso viaje. Y apenas encontraré, por ejemplo, quien sepa hablarme, en mi idioma y en el de otros, de las maravillas de su tierra porque muchos posibles técnicos en turismo, que tanto podrían aliviar el PIB, se quedaron en casa sin dinero para la universidad. O, simplemente, seré una ciudadana que, paseando por cualquier calle, tendrá que volver la cara para no ver el poso de miseria cultural al que condenaremos a los que, en la carrera por la Educación, no puedan costearse un buen colegio. Y viviré en un país triste, mediocre e inseguro porque alguien, algún día, consideró que, al fin y al cabo, educar un país de ciudadanos pensantes ni era productivo ni, en el fondo, merecía tanto la pena.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 21 de mayo de 2012) ANA ZAFRA
servido por ana
1 comentario
compártelo
14 Mayo 2012

Hay semanas en las que nos encontramos como gatos en una matanza, sin saber a qué atender, añorando ese tiempo, anterior a la crisis, en que los diarios parecían revistas del corazón, sin números, sin miserias, solo con fotos de una España feliz y glamorosa. Ahora, cada periódico es un disgusto continuo y cada telediario, un capítulo del libro de Historia de nuestros descendientes.
Andamos aún recuperándonos de las elecciones de media Europa que confirmaron lo que sospechábamos: la política está de capa caída y la gente vota solo por llevar la contraria. Que gobierna la derecha, el pueblo, pensando que va a servirle de algo, vota a la izquierda. Que al revés, pues viceversa. Que ya han probado todo, pues como en Grecia, donde hay tal macedonia de partidos que parece que cada cual haya votado al que le salió en la tapa del último yogurt. Un desgobierno con partido nazi incluido, sacando tajada de tanto desconcierto. Y, en Alemania, la cancilleresa está triste ¿Qué tendrá la cancilleresa? Han sido muchas medidas compartidas con su pequeño emperador. Y ya se sabe: el recorte hace el cariño. Aunque, a más amor entre ellos, menos ternura con los demás. Se sospecha que, en realidad, ha sido una celosa Carla Bruni quien ha boicoteado la reelección de su marido. Otra vez el amor ha cambiado la historia de Europa.
En España, la actualidad ha sido el dinero. Nos hemos convertidos todos en banqueros. Sí. Resulta que el Estado (es decir, nosotros) ha nacionalizado Bankia (o sea, ha comprado sus acciones con nuestro dinero). A servidora le hace ilusión ser dueña de un banco porque así me haré rica cuando este tenga beneficios. Creo. O, al menos, cuando me las regalen, podré elegir el color de las toallas.
En Extremadura: sexo. Hemos pasado la semana con los atributos del señor Monago en boca de todos. Esto ha servido, por ejemplo, para hablar menos de pequeños detalles, apenas importantes, como los recortes en Sanidad que han llevado a cerrar los centros de salud por la tarde. Seguiremos viajando en trenes anticuados con horarios de chiste sin que nadie los reforme en espera de esa dudosa panacea llamada AVE. Pero, por favor, antes de dominar las groserías en otros idiomas, aprendamos a manejar la diplomacia en el propio, sin sacar siempre a colación el único órgano con el que algunos, todavía, parecen ponerse a pensar.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 14 de mayo de 2012) ANA ZAFRA
servido por ana
sin comentarios
compártelo
7 Mayo 2012
Aunque oficialmente el día de la madre fuese ayer y ello pueda resultar conmovedor, dulzón y un poco sentimentaloide, madre, lo que se dice madre, es una palabra especialmente concurrida y que puede, a pesar de todo, resultar despectiva a poco que uno eche un ratito pensando en cómo tenemos el patio que nos rodea.
Para empezar, porque nuestra vida está condicionada por la madre política. Y no me refiero a la progenitora de nuestro santo cónyuge, figura denostada, casi nunca injustamente, y con la que no siempre nos es grato convivir. Hablo, concretamente, de la política de desmadre cuyo inicuo resultado y retorcida intención viene siendo peor que la de todas las suegras de la mismísima Isabel Preisler juntas. Vivimos una época en la que tan pronto te juran por su madre que nunca subirán los impuestos como te anuncian, en monodosis semanales, que el plan de choque anticrisis no puede ser otro que restricciones de madre y muy señor mío.
¿Quién sabe qué hacer? Ahí está la madre del cordero. Según unos, la solución pasa por salirse de madre y empezar a consumir y gastar pegándose la vida madre. Para otros está claro: guardar lo poco que vaya quedando e iniciar la madre de todos los ajustes.
Mientras tanto Europa, la otrora madre amantísima que amamantaba a sus cachorros en espera de un próspero futuro, es ahora la loba que devora a sus hijos más débiles, transformada en una madrastra rígida, elitista y selectiva.
Y por si fuera poco, allende los mares está de moda cebarse con la Madre Patria. Primero Argentina se queda con YPF, después Bolivia con nuestra empresa de electricidad… ¿Quién más va seguir nacionalizando españoles por el mundo? ¿Cuándo vuelvan a subirnos la gasolina y la luz, nos acordaremos de la madre que trajo a Kirchner y a Evo Morales? ¿Por qué, ya puestos, no nacionalizan a Julio Iglesias y se lo quedan para siempre? O ¿Por qué, a cambio, de Repsol no les expropiamos a Messi para que juegue en nuestra selección?
Dicen las malas lenguas que ayer, con el corazón endulzado por la celebración, madres, comadres, matronas y comadrejas, se empeñaron en encontrar algo positivo que leer en el periódico. Tras páginas y páginas buscando, sólo pudieron alegrarse con la sección de cocina. Preguntados ¿Qué tal la actualidad? ¿Buenas noticias?, acuñaron, pesimistas, una frase casi mítica: “¿Buenas noticias?... ¡Madre! ¡No hay más que una!”
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 7 de mayo de 2012) ANA ZAFRA
servido por ana
1 comentario
compártelo
30 Abril 2012
Muchos conocerán aquel chiste del cacereño que pregunta: “¿qué está más lejos: la Luna o Badajoz?” a lo que el interlocutor, en buena lógica, responde “pues la Luna. ¿O es que acaso tú ves Badajoz desde la ventana?”.
Así funciona la mente humana: basamos nuestras conclusiones en lo primero que percibimos, dando por cierto aquello que atrapan nuestros sentidos sin apenas analizarlo. Esto, además de psicólogos, sabios y argentinos en general, está requete-estudiado por todos los políticos. Saben que, a fuerza de oír las cosas, terminamos creyéndolas, especialmente si los que escuchan andan tan necesitado de confiar en algo como estamos últimamente.
Su campaña actual es “ponga un culpable en su vida”, consistente en señalar todos esos seres abyectos que, indefectiblemente, nos están empujando al precipicio.
En el ranking de causantes oficiales encontramos, por ejemplo, “la gente que vivía demasiado”. Está claro que, si uno vive mucho, termina siendo una carga enorme, capaz de hundir cualquier economía. Poco importa que hayas cotizado cuarenta años, que te dejases la juventud levantando tu país, que luchases para mejorar la vida de los niñatos trajeados que ahora regatean tu caducidad y tu pensión. O que vieras morir a tus padres de la misma enfermedad que ahora tú, afortunado, puedes combatir… Por el bien de la economía, muérete pronto.
Próximos en el “top-ten” de culpables están los funcionarios. Esos chupatintas engreídos que solo saben tomar café y leer periódicos. Tanto trabajador público, tanto médico, tanto maestro… Así no hay quien levante un país. Y que no aleguen que pasaron los mejores años de su vida estudiando una oposición. O que nunca se enriquecieron cuando otros daban pelotazos. Bien merecido tienen todo: los recortes y los chistes.
Encabezando la lista esta semana, tenemos a los emigrantes quienes, dentro de ese estigma económico que ya son los enfermos, tienen la osadía de ponerse malos ellos también. Y no vale recordar aquello de amparar al que sufre, amar al prójimo o que hombres somos todos, a pesar del color de piel. Ni siquiera que vinieron a trabajar en lo que no nos gustaba cuando nos creíamos ricos… Pronto, ni nosotros mismos podremos enfermar fuera de nuestra autonomía, nuestro pueblo o nuestro barrio.
Estamos demonizando al que tenemos cerca: al pobre, al forastero, al trabajador fijo… y no caemos en que los verdaderos responsables de nuestras miserias están un poco más allá, convenciéndonos para que sigamos, adormecidos, mirando la Luna únicamente.
(Artículo publicado en ele Diario Hoy el 30 de abril de 2012) ANA ZAFRA
servido por ana
sin comentarios
compártelo
27 Abril 2012

LO vengo notando hace tiempo. Mi secador de pelo, mi champú caro, aquel jersey de rayas que me quedaba estrecho..., cosas que desaparecen y ya nunca encuentro donde las había dejado.
Y también vengo notando una presencia alrededor cada vez más grande, ocupando tanto espacio que a veces me invade. Que me huye y me busca, me contesta y me reta, en un intento por, a fuerza de parecerse, ser absolutamente distinta a mí.
Tiene trece años, un cuerpo casi de mujer y un corazón casi de niña. Casi, pero aún no. Casi, pero ya no.
Y la observo de cerca, con la distancia de los años vividos. Y me mantengo lejos, sin poder separarme porque es parte mía, aunque ella no quiera.
Yo, que navego por esa edad intermedia, sintiéndome joven pero tan mayor a sus ojos. Sabia en consejos para los demás, torpe cuando está el corazón por medio. Reclamada como madre y como hija. Pendiente de bocadillos de Nocilla y de la próstata del abuelo. Enfermera de fiebres infantiles y de soledades setentonas, saturadas de colesterol y pastillas. Experta en rodillas raspadas y en juanetes encallecidos. Como una percha donde todos cuelgan sus problemas, sus miedos al futuro o sus historias del pasado.
Temiendo lo que seré y añorando lo que fui. Entendiendo ahora lo que mi madre decía y yo nunca creía. Lo mismo que diría a mi hija si acaso sospechara que, con la arrogancia de la juventud y la valentía de la ignorancia, fuese a escucharme: que apurase los privilegios de la niñez, porque luego ya nada le será perdonado; que confíe en todos y en nadie; que quiera a muchos sin ser de ninguno. Y, sobre todo, que se quiera a sí misma para protegerse de los que le partirán el corazón. Y, aun sintiéndome tan menuda e indecisa como ella, ofrecerle esa coraza suave, pero infinitamente fuerte, que algunos llaman instinto y yo, sencillamente, cariño de madre.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 5 de mayo del 2008) ANA ZAFRA
servido por ana
sin comentarios
compártelo
23 Abril 2012

Imagínese una llanura manchega, de las de cal, polvo y chicharra. Imagínense, a lo lejos, una figura triste, enjuta, insensata y cansada. Imagínense que, nuestro viajero está leyendo y que, medio trastornado por el sol, comienza a batirse en duelo con una espada imaginaria ante un enemigo que no conseguimos ver.
Si nos acercásemos, descubriríamos que no eran novelas de caballería lo que leía sino periódicos y que, igualmente conmovido, éstos despertarían en él imparables ansias de justicia e hidalguía.
Porque encontraría, sin duda, aventuras de damas que defender. Historias de madres que mueren delante de sus hijos, que son también los hijos de su asesino. O cuentos de exóticas princesas traídas de otros confines, engañadas y humilladas, ofreciéndose en ventas de carretera anunciadas con neones.
Hallaría, sin buscarlos, mil agravios que disputar: tramposos que llenan su andorga de panes robados a los pobres; usureros que guardan nuestras monedas donde nunca puedan devolvérnoslas; trileros que se juegan nuestros sudores hasta dejarnos sin futuro. Y gigantes que no son gigantes: son mercados que, en cada giro de sus aspas, se llevan la mitad de nuestro bienestar más un diez por ciento de nuestra dignidad social.
Encontraría una caterva de vendedores ambulantes que, con afeites y artimañas, van ofreciendo el mágico bálsamo de Fierabrás, que, aseguran, cura las heridas del alma y las dolencias del cuerpo, destilado ahora en formato cibernético y servido en minúsculos aparatos con nombres infernales. Sufriría con aventuras de caballeros que pululan por una ínsula imaginaria llamada Internet, reino poblado de villanos y malandrines que andan, sin gobierno, inventando falsas identidades con las que causar daño impunemente sin reparar en edades ni virtudes.
Y, tras leer todo eso, seguramente, decidiera que no hay otra vida posible que la de ser caballero. O, al menos, que no hay otra forma digna de pasarla. Y, a lo mejor, empezaba a luchar en su loca cordura contra mercados, corruptos y explotadores. Y los que nos creemos completamente cuerdos, le miraríamos pensando “ahí va ese loco que aún no sabe que esto no hay quien lo cambie”. Y le engañaríamos para que volviese a casa y se dejase de tanto cabalgar.
O puede que alguna vez, a fuerza de leerlo un día como hoy, terminemos todos comprendiendo “El Quijote” y, pertrechados con una bacía de barbero y una lanza de calamina, salgamos por fin, convencidos y orgullosos, a amparar doncellas, matar gigantes y desfacer entuertos.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 23 de abril de 2012) ANA ZAFRA
servido por ana
1 comentario
compártelo
22 Abril 2012
DE entre todas las cosas inútiles imprescindibles de la existencia, me quedo con un libro. Toda mi vida acepté al número 'pi' como dogma de fe, de existencia útil pero invisible. Sin embargo percibí claramente el olor a podrido en Dinamarca si era Shakespeare quien lo describía. Aprendí a multiplicar el capital por el rédito, pero no me sirvió de nada, al final el banco se quedó igualmente con la mitad de mi sueldo. Aun así me enamoré de las matemáticas cuando conejo me las explicó en el País de las Maravillas.
Despejé muchas veces la fórmula de la masa y la altura pero, con Newton o sin Newton, sólo comprobé la Ley de la Gravedad cuando sentí en mis carnes que, con el tiempo, todo lo que pueda caerse se caerá. Entonces, únicamente hallé consuelo en el Carpe Diem -disfruta del momento- que me enseñaron los latinos antiguos.
Memoricé la capital de Yugoslavia, pero luego cambiaron las fronteras y comprendí que la única capital inamovible del mundo era Macondo.
Veo imágenes de rostros ensangrentados y mujeres desfigurándose en un grito de dolor. Pero jamás habría tocado físicamente el tormento del pueblo afgano sin leer sobre los mil soles espléndidos de Kabul.
Estudié qué componente químico de la cebolla hace llorar tus ojos pero mi corazón sólo lloró escuchando las Nanas de Miguel Hernández. Interpreto las estadísticas, pero desde que leí a Maquiavelo y a Orwell sé que hasta las ciencias exactas pueden ser mentira.
Palpé, incluso, el viejo y sobado esqueleto de mis clases de anatomía del colegio, pero fue Anais Nin quien me descubrió los rincones más útiles de mi cuerpo.
Porque los muchos intentos de hombres sabios y de alquimistas ambiciosos por encontrar la piedra filosofal que trasformase el mundo, no se hizo realidad hasta el día que Gutenberg inventó la imprenta, artilugio infernal y provocador que incitaba a que el vulgo quisiera saber leer. Desde entonces tiemblan los reyes en sus palacios y los cardenales en sus tronos. Porque la lectura es el mejor remedio para la tristeza y para la locura. Porque sólo el saber nos hará libres y sólo el conocimiento es la vacuna contra el fanatismo y la barbarie.
Y porque un libro es a la vez el arma más dulce y más mortal que usar pueda el ser humano. Y su templo, la obsoleta y polvorienta biblioteca, el mejor laberinto donde jamás podríamos perdernos.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 2 de febrero de 2009) ANA ZAFRA
servido por ana
sin comentarios
compártelo
20 Abril 2012
POR una vez y sin que sirva de precedente -espero- dejaré uno de mis deportes favoritos, criticar al género opuesto cuanto más machito mejor, e intentaré ponerme en su lugar -empatía lo llaman- tratando de comprender cómo debe de ser pulular por ahí cuando, habiéndote preparado para ser una cosa, te exigen otra, te imaginan una diferente y te critican casi todas.
Sí, ya sé que hacer del pobre macho una víctima cuando aún queda tanta violencia de género, sigue cobrando más que nosotras y ocupando mejores puestos, parecería injustificable pero, aunque hay muchos árboles que talar, estamos todos en el mismo bosque y, si conseguimos ajustarnos, podríamos llegar a disfrutar de él al máximo.
Veamos. He aquí a nuestro hombre, al que hasta ahora habían educado en el rollo de los roles, la virilidad y el caballero español. Llamémosle Pepe. Y hete que, ya talludito, se siente encandilado por una compañera. Decide, pues, dar el primer paso: «La invito a cenar. En casa. Le preparo una cena rica y. no, que creerá que soy un marujo. Mejor le digo que la he encargado. Claro que, entonces, me tachará de inútil. En fin, la llevaré a un restaurante. Sólo que, si pago yo quedaré como un machista y si paga ella, como un tacaño. Lo más conveniente será pagar a medias. No, no, que sospechará que soy poco romántico. Quizás debería optar por el cine. Una buena película de... amor. No, que me dirá que soy un flojo. ¿De acción? No, demasiado masculino. ¿Cine checoslovaco? Excesivamente intelectual... Creo que empezaré por tirarle los tejos en el trabajo. A ver si acaso... bueno, pero con cuidado, no vaya a acusarme de mobbing. Es preferible que no sepa mi sueldo, no vaya a cobrar más y le parezca un prepotente, o menos y me llame pringao. ¿Y un café? Nada le gusta más a una chica que un hombre sensible que se pase la tarde escuchándola. Ya, pero como me catalogue como amigo ya no me la ligo en la vida. Bueno, pues, la beso. No, demasiado lanzado. Pero si no me acerco, igual cree que soy gay.»
Al final nuestro Pepe, desconcertado, solo y sintiendo que, irremediablemente, se le pasa el arroz, opta por comprarse unas pipas, unas cervezas y quedarse en casa viendo el partido. Al fin y al cabo, hay veces que más vale estar solo que arriesgarse a estar bien acompañado.
(Artículo publicado en el Diario Hoy el 30 de noviembre de 2009) ANA ZAFRA
servido por ana
sin comentarios
compártelo